
Un tema frecuente y recurrente en una cena o en una reunión con amigos es el de la infancia. Series de televisión, anuncios, películas, canciones, melodías, o juegos son rememorados con añoranza y una pizca de nostalgia por aquellos maravillosos años en los que la mayor de las preocupaciones podía ser tratar de no perder todas las canicas en la siguiente partida o intentar conseguir ese maldito cromo que parecía no existir y que quizá solo una élite escogida tendría.
Lo cierto es que nuestra infancia transcurrió, en su mayor parte, entre juegos; el único límite era nuestra imaginación. Y esa era prácticamente infinita. Jugábamos a ser grandes héroes que salvaban al mundo, a ser exploradores que descubrían grandes tesoros olvidados en el tiempo, a ser generales cuyos poderosos ejércitos conquistaban países, continentes y planetas enteros al grito de ¡Al ataque, mis valientes!. Teníamos lecturas tan inocentes e instructivas como Fray Perico y su borrico, El Pirata Garrapata, Mortadelo y Filemón, Asterix y Obelix o PlayBoy (por sus interesantísimos reportajes y entrevistas, claro).
Inventábamos un mundo basado en la inocencia, la imaginación, la justicia y el compañerismo. Incansables, día tras día, creábamos un mundo nuevo y adoptábamos distintos roles en él. Y reíamos. Y soñábamos. Y éramos felices.
Jugábamos a ser cosas que no éramos y que queríamos ser. Casi como si fuéramos adultos, pero sin querer serlo: los mayores eran aburridos. Pero al parecer, en estos tiempos que corren, no se piensa igual y los niños de hoy ya no quieren jugar a ser mayores; quieren serlo antes de tiempo. Antes las niñas jugaban a los papás y las mamás con sus Nenucos; los alimentaban, les cambiaban la ropita e incluso los reñían por portarse mal. Pero ahora es todo distinto; hay niños que han sustituido los Nenucos y los Playmobil por bebés de verdad, de esos que lloran porque tienen hambre y que huelen mal.
De todos son conocidos los casos de madres menores de 15 años en Jaén o la pareja de niños de 13 años él y 15 años ella que tuvieron un retoño en Inglaterra.
Y yo no puedo dejar de preguntarme cómo es posible, que en hoy en día se permita tal atrocidad y tal atentado a los derechos de los niños; y no me refiero a los derechos de un niño de 13 años que deje a una de 15 embarazada, porque ese, en su clase debe de ser considerado un héroe, un machote o algo similar. Me refiero a los derechos de ese recién nacido que debería de poder recibir de sus padres una educación fundamentada en la madurez y la experiencia que proporciona la vida; pero lo que aquí tenemos son dos niños que ni siquiera tienen pelo en las axilas (por ser fino, que estamos en horario infantil) y que han saltado de la cuna al lecho matrimonial de un salto. A mí que me expliquen qué puede contarle un niño de 13 años a su hijo acerca de la vida si difícilmente sabe atarser los cordones de los zapatos. Pero lo que realmente me preocupa son esos abuelos que supongo henchidos de orgullo y satisfacción de tener un nietecito. ¿Qué clase de padres son aquellos que permiten que un crío que no levanta un palmo del suelo decida perpetuar la especie con sus recién nacidos espermatozoides?
No seré yo quien critique las prácticas de la Iglesia Evangelista y otros colectivos ultracatólicos similares, porque luego las malas lenguas me tachan de ateo y descreído. Pero no se puede obviar el hecho de que en el seno de estas comunidades los hijos se tienen cuando se conciben, ya sea a los 17, los 14 o los 11; está mal visto eso de tener 25 años y no tener un equipo de baloncesto en miniatura en propiedad.
Así pues, aunque las niñas ya no quieran ser princesas, y a los niños les dé por perseguir el mar dentro de un vaso de ginebra, no perdamos de vista nuestra propia infancia. Cojamos nuestras canicas, nuestros cromos y nuestros Nenucos y volvamos a repoblar esos parques que nos fueron arrebatados por adultos de 15 años.
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