
Hoy en día nada hay seguro en nuestras vidas. Aquello que nos parece cristalino y trivial se nos hace, de la noche al día, oscuro y enmarañado.
Vivimos tiempos de oscurantismo, tiempos en los que se extiende una ciega neblina que no nos permite ver más allá de lo que pisan nuestras botas. Intentamos tantear con las manos las sombras de obstáculos que alguien colocó justo ahí para hacernos tropezar y así dar con nuestros huesos en la tierra. Solo podemos ver nuestras manos. Solo podemos oir el crujir de la grava bajo nuestras suelas y, de vez en cuando, nuestra acelerada respiración. En vano tratamos de afinar nuestros sentidos del oído y del olfato para intentar captar cualquier sonido u olor; si nos son familiares correremos hacia ellos en busca de una protección y seguridad que añoramos. Si son desconocidas, seguiremos nuestro camino de grava y niebla.
De vez en cuando, a nuestro alrededor, nos parece intuir borrosas figuras que, en nuestra imaginación, se convierten en nuestras réplicas: seres solitarios y cargados de emociones que buscan sin descanso el final de su arduo camino; personas como nosotros que, perdidas y confusas, tantean la espesura del aire por si hallan algo a lo que poder aferrarse momentáneamente y así descansar su cuerpo dolorido del largo viaje; y descansar su alma, agitada por no vislumbrar ninguna luz, ningún claro, ningún camino.
E intentamos acercarnos a esas figuras. Intentamos gritarles que no están solos. Que nosotros estamos ahí, y que nos encontramos en su misma situación. Que comprendemos su dolor, porque su dolor es nuestro dolor. Que comprendemos su inquietud, porque también es la nuestra. Que estamos tan confusos y confundidos como ellos. Que no están solos. Que no estamos solos.
Pero las figuras desaparecen. Y con ellas se vuelven a diluir nuestras esperanzas y nos enjugamos una lágrima con la siguiente a la espera de que se nos agoten y que nuestros ojos se sequen para siempre. Y, agónicos, comenzamos a caminar de nuevo, tanteando la niebla, escuchando la grava bajo nuestros pies. De nuevo nuestra mirada se enturbia de soledad y malos sueños.
Pero un día comenzamos a ver más allá de lo que lo hacíamos al principio. Las formas se nos hacen más claras, más visibles. Sus colores más vivos. Nos percatamos de que la niebla desaparece. De que podemos ver nuestras manos. De que podemos ver otras manos, manos que nos estrechan las nuestras. Y ese contacto nos hace sentir de nuevo vivos, de nuevo libres. Y nuestras lágrimas se enjugan con las manos de los que nos rodean y las suyas con nuestras manos. Porque nos hemos unido por fin tras un largo viaje.
Y por fin comprendemos que habíamos cogido, casi sin darnos cuenta, uno de los caminos más angostos, largos y arduos: Camino de la Incertidumbre. El camino que no nos permite ver, ni oir, ni tocar, ni sentir, que no nos permite pensar. Un camino agitado que creemos sin fin, en el que las horas parecen semanas y las semanas, lustros. Un camino a ninguna parte donde la soledad es el mapa y el miedo es el guía.
Pero todos los caminos llegan a su fin. Y el de este es una amplia ciudad de luces donde el sol brilla con toda su intensidad y, a través de la cual, podemos dislumbrar todos los futuros caminos que podemos escoger y a todos los demás caminantes que por ellos transitan.
Estamos hechos de nuestras experiencias y nuestras decisiones. Pero también de parte de los que nos acompañan en nuestra ruta. No siempre podemos decidir por dónde queremos andar, pero no hemos de dejar que senderos tortuosos minen nuestra voluntad. Férreas han de ser nuestras convicciones y esperanzas, porque de ellas nos alimentamos y de ellas se alimenta el mundo que nos rodea.
Porque ya lo dijo el poeta: Caminante, no hay camino; se hace camino al andar.
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