
Por allí se oye, por allí se escucha. Es la Navidad, que con sus enormes botas camina sobre un tupido manto invernal.
Es tiempo de felicidad, de dicha, de paz; es tiempo de familia y amigos; es tiempo de echar la vista atrás y hacer balance anual de nuestros logros, nuestras pérdidas (que entre Lehman Brothers y Madoff no ganamos para disgustos, oigan) y de proponernos retos nuevos. Renovarse o morir.
Hay aún ciertos románticos que siguen creyendo que la Navidad es la celebración de que el Niño Dios ha nacido en la Tierra de los hombres para salvar nuestra alma y redimir todos los pecados. Pero seamos realistas, la Navidad, como supuestamente el Estado, ya es laica. Poca es la gente que vive estas fechas por su significado espiritual y religioso; solo ven la cara más comercial, consumista, superficial y decadente. Y es que la decadencia nos va.
La gente anda más preocupada en comprar las gulas Pescanova (que la cosa no está para derroches), la sidra y el turrón que en pararse a sentir la calidez de una noche en la que la Paz y la Buena Voluntad imperan sobre todas las cosas. Hemos desvirtuado, entre todos, esta fiesta convirtiéndola en el paradigma del exceso y la superficialidad, por no hablar de las montañas de regalos que piden los niños:
Pero no debemos olvidar su origen religioso y de culto. Según algunos estudios, la Navidad tendría su origen en una tradición babilonia que se remontaría a hace más de 4000 años (por suerte para los babilonios El Corte Inglés no existía todavía). La leyenda contaría que una reina de Babilonia habría dado a luz un bebé sin haber catado varón primero; no sabemos si fue un milagro o la primera reproducción in vitro.
También hay constancias escritas de que el todopoderoso Imperio Romano celebraba su particular Navidad: eran las Saturnales. Cada mes de diciembre, cerca del solsticio de invierno, se celebraba la irrupción de Saturno, dios agrícola y señor del Universo, en el mundo terrenal. Esta divinidad tenía su propio templo en la ciudad de Roma y albergaba nada menos que el Tesoro Público (tonto no era el chaval). Según el calendario de Rómulo un embarazo duraba unos diez meses, y el décimo mes del calendario era decembris, mes en el que tras la espera de una simbólica gestación, Saturno era devuelto al mundo, ya que durante ese periodo de tiempo un cordón de lana atado al pedestal del dios en su templo impedía que este se marchase de la capital del mundo; durante el tiempo que duraba esta fiesta, ese cordón era desatado. Durante las celebraciones era típico que los romanos visitasen las casas de sus amigos y familiares e intercambiaran regalos; más tarde le dejarían esa dura tarea a los Reyes Magos (y un señor de Coca Cola apuntándome con un rifle me dice amablemente que no olvide nombrar a Papá Noel).
Y así, con estas y otras leyendas y cultos a lo largo de los siglos nos llega nuestra Navidad con sus villancicos, sus zambombas (a quién no le gusta una buena zambomba) y sus tradiciones: Cortylandia, el Gordo de la Lotería o el Rey como líder de audiencias indiscutible. Y es que ahí no vale de nada hacer zapping, a diferencia de Inglaterra donde un canal quería ofrecer el discurso del presidente de Irán en vez del de esa señora que lleva la corona. Yo, desde aquí, propongo que el año que viene retransmitan un discurso alternativo pronunciado por Po Zí y que Carmen de Mairena nos cuente las campanadas; además, probablemente ella podrá sustituir las uvas por manzanas con esa boquita de piñón que tiene, lo que le daría un toque muy exótico a todo.
Pero la Navidad es también tiempo de ausencias; las ausencias de todas esas personas que compartieron con nosotros otras fiestas, otros villancicos, que nos hicieron regalos, pero que ante todo nos regalaron siempre su cariño, su sonrisa y sus más tiernos abrazos. Y aunque nos cueste, aunque las lágrimas llenen los ríos de los que beben los peces que van a ver a Dios nacido, reconfortémonos pensando en todos esos buenos momentos que pasamos y sigamos su ejemplo regalando nuestro cariño, nuestra sonrisa y nuestros abrazos a los que siguen a nuestro lado.
Seamos todos felices en esta Feliz Navidad.
1 comentarios:
Y así es amigo mío. Navidad, palabra derivada del latín, significa nacimiento. Nacimiento de un Dios que se hizo niño y vino a salvarnos de nuestros pecados (algún día comprenderé que significa esta frase).
En su deseo de camuflarse y de no ser perseguidos, los primeros cristianos camuflaban su alegría del nacimiento de El Redentor, en la fiesta pagana romana (como muchas otras veces). De ahí el orígen de la Navidad, y que se celebre un día como el 25 de Diciembre. Total, algún día tenía que ser...
A mi las Navidades siempre me han resultado tiempo de alegría y de satisfacción, pues he tenido siempre la suerte de poder compartirla con los que más quiero. Sin embargo sé que algún día no estarán, al igual que a ellos se les fueron sus seres queridos, y no por eso dejaron de festejar una Navidad, que mal que nos pese, celebra algo muy bonito que es un nacimiento.
Por un momento las luces, el frío en las calles, y la ilusión de encontrar un manantial de regalos alrededor de los zapatos nos hace ilusionarnos, y si la excusa es la Navidad, pues bienvenida sea.
¡Viva la Navidad!
¡Vivan los pesebres!
¡Viva mi abuela y la madre que me parió!
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