
Se rumoreaba por las esquinas, todos lo sabían. Ha ocurrido lo que desde hace tiempo veníamos sospechando íntimamente: Obama ya es el presidente electo de los Estados Unidos.
Doscientos setenta votos electorales estadounidenses necesarios para sentar las presidenciales posaderas en el tan ansiado, odiado, ambicionado y aborrecido despacho oval (que es ese lugar donde las becarias trabajan tan... duramente); trescientos cuarenta y nueve de Obama frente a los ciento sesenta y tres de McCain; un presidente distinto. Con esta elección no solo se produce un cambio de aires políticos en la Casa Blanca, sino también un cambio de colores (no, no es que Paris Hilton haya conseguido que la pinten de rosa). Desde que George Washington se convirtiera en líder del país allá por 1789 todos y cada uno de sus sucesores serían blanquitos como la espuma de las fiestas. Pero eso ha cambiado, por muchas trabas que le pusieran al pobre Homer:
Y efectivamente, solo por eso los aires de cambio prometidos por Barack ya llegan de forma implícita. Y es que muchos eran los que temían que el voto blanco, de misa diaria y mucho golpe de pecho hiciera echar por tierra las encuestas, pues no sería esta la primera vez que ocurriera.
El racismo, esa espada de Damocles que ha pendido sobre la cabeza de Obama desde que comenzó su andadura hacia la presidencia, ha estado fuertemente arraigado en tierras estadounidenses desde hace mucho tiempo. Debemos recordar que la llamada tierra de las oportunidades creó políticas fuertemente represivas hacia las personas de raza negra desde que los Estados Confederados perdieran la Guerra Civil y los esclavos recibieran su libertad de manos de Abraham Lincoln. Reconstrucción lo llamaron, como si el hecho de crear leyes en pos de discriminar a las personas mereciera ser reconstruido. Y tristemente este movimiento se acabó extendiendo por todo el país de manos de su decimonoveno presidente. Sin embargo, los derechos de los negros no podían ser disueltos, pues estaban garantizados por la Constitución. Así pues las autoridades competentes (o incompetentes, según se mire) se sacaron de su ancha manga el terrible término de segregación. Esto implicaba que los negros seguían teniendo todos sus derechos intactos, pero estaban obligados a vivir completamente separados de los blancos. El país se habia convertido en un inmenso tablero de ajedrez con sus fichas de colores juntas pero por ley no revueltas.
No obstante poco a poco surgían pequeños héroes y heroínas que con pequeños actos iban rompiendo poco a poco los muros sociales. Un ejemplo lo encontramos en Rosa Parks, icono del movimiento de derechos civiles al negarse a moverse a la parte trasera del autobús para ceder su asiento a un blanco, tal como dictaba la ley de la época en el sur de EEUU. Corría el año 1955, fue acusada de perturbar el orden publico y encarcelada por ello.
En 1954, la Corte Suprema de los Estados Unidos declaró inconstitucional la segregación racial en los centros de enseñanza de todo el país. En 1957 nueve estudiantes afroamericanos intentaron entrar en el Instituto Central de Educación Secundaria de Little Rock (capital de Arkansas), que hasta entonces sólo había aceptado alumnos blancos. Por orden del gobernador fueron expulsados por la Guardia Nacional. Ike Eisenhower, presidente de turno, envió tropas para acompañar a los nueve estudiantes negros a este Instituto. Como resultado fueron agredidos y se produjeron enfrentamientos entre los estudiantes blancos y los soldados y el gobernador del Estado decidió cerrar los institutos de Little Rock durante todo el curso. Elizabeth Eckford, una de los nueve estudiantes se trasladó a San Luis (Misuri) donde completó sus estudios de educación secundaria graduándose posteriormente en Historia.
Así, desde que la valiente Rosa Parker se negara a cederle el asiento a un trasero blanco en un autobús en 1955 hasta el asesinato del mítico Martin Luther King en 1968 se extendió por todo EEUU el llamado movimiento por los derechos civiles, cuya lucha no ha cesado hasta el día de hoy.
Y es justamente hoy cuando esa lucha ha dado uno de sus frutos más lustrosos: el primer presidente negro de Estados Unidos.
Ahora solo queda esperar que todas las esperanzas depositadas por millones de personas en un solo hombre no caigan en saco roto. El mundo entero ha visto con auténtico ansia cómo el Black Power se izaba hasta lo más alto del escalafón político. Pero son muchos más los cambios prometidos en cuanto a economía, relaciones exteriores o seguridad. Dejar atrás ocho años de insalubre política cuyo balance final no podría ser más nefasto (bueno, sí que podría, pero los escalofríos me impiden imaginarlo).
Ahora solo queda esperar que el denominado nuevo Kennedy no se desinfle defraudando así toda esa confianza depositada en él. Un hombre. Un simple ser humano.
3 comentarios:
Esperemos que no se lo carguen...
por cierto como te has currado esta entrada, y lo que me ha llegado al alma ha sido el capítulo de los simpsons!!
...actualiza!!...queremos prosa!!
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