
El otro día pasé por delante del imponente edificio de Telefónica en la calle Gran Vía de Madrid; se ve que no ganan lo suficiente con las facturas de infarto que le cobran a sus usuarios y han decidido poner una tienda de todo tipo de aparatitos electrónicos en las primeras plantas. Lo cierto es que tienen prácticamente de todo: teléfonía, reproductores de audio y video y otras pijaditas carísimas que el sueldo de un servidor no se atreve ni a mirar.
Eso me hizo pensar en lo dependientes que nos estamos volviendo respecto a la tecnología. En estos tiempos que no corren, sino vuelan, resulta prácticamente inimaginable calentarse la leche en un cazo (Recipiente de cocina, de metal, porcelana, etc., generalmente más ancho por la boca que por el fondo, pero a veces cilíndrico, con mango y, por lo general, un pico para verter.). Pocos somos ya los que fregamos nuestros platos con estropajo, y cada vez menos gente tiene televisores de esos que sobresalían del mueble.
Cada vez queremos móviles más pequeños y funcionales, ordenadores más ligeros, televisores más planos, consolas de videojuegos más potentes; lo queremos todo, y lo queremos ya.
Y efectivamente lo conseguimos; la industria tecnológica se encarga de hacer realidad todo aquello que resultaba futurista e inverosímil en las películas de ciencia ficción de hace ya años. Todo lo que el hombre ha soñado conseguir a lo largo de la Historia lo ha conseguido.
Pero todo esto tiene un precio. Uno muy caro, quizá el más caro de todos: la vida humana.
La mayoría de la gente ignora que toda esta tecnología sobre la cual basamos nuestra existencia diaria tiene un componente común y fundamental: el coltán.
Se trata de la combinación de dos palabras: columbita-tantalita. De esta combinación de minerales se obtiene un metal extraordinariamente codiciado en el mundo entero: el tantalio. Descubierto por el sueco Jöns Jakob Berzelius en 1820, las investigaciones arrojaron luz acerca de sus inmejorables propiedades conductoras de electricidad y calor y su enorme resistencia.
Estas propiedades lo han convertido rápidamente en pieza fundamental en gran cantidad de dispositivos electrónicos, como en teléfonos móviles, ordenadores, televisores, satélites o armas, entre otras muchas aplicaciones de este preciado metal.
Uno de los problemas que plantea el uso del coltán, también llamado oro azul, es su extracción ya que no existen minas de donde sacarlo; se encuentra disperso, mezclado con la tierra. Actualmente puede hallarse en Brasil (5%), Tailandia (5%), Australia (10%) y la República Democrática del Congo (80%), siendo, por mayor capacidad de recursos, Australia el primer productor mundial.
No obstante, existe una auténtica obscenidad humanitaria en el Congo, donde la extracción del coltán recuerda mucho a aquellos añejos buscadores de oro en el río Mississipi.
La innegable verdad es que el coltán mueve a su alrededor ingentes cantidades de dinero, y es este vil metal el que finalmente mueve el mundo. Así, no es de extrañar que la posesión del coltán sea motivo de conflictos contínuos. En concreto, la famosa guerra del Congo iniciada en 1998, en la que se vieron involucrados también Uganda y Ruanda, tiene su origen, entre otras cosas, en la posibilidad de explotar los territorios en los que el llamado oro azul es abundante. De hecho, según informes de Human Right Watch, el Ejército regular de Ruanda, o bien alguna de las guerrillas que financiaba, empleaba prisioneros hutus, así como a población local, incluidos niños para la extracción del mineral en los yacimientos que se encontraban en el área bajo su control. De ahí se enviaba en camiones hasta Kigali y posteriormente era exportado a Estados Unidos, Alemania, Holanda, Bélgica o Kazajstán.
La guerra del Congo, enterrada hoy en el pasado y supuestamente finalizada gracias a una resolución de la ONU en 2003, no puede caer en el olvido. Debe hacernos recordar que el mundo se mueve por las exigencias del mercado. Hoy ya no se libran batallas por defender territorios o por ir a buscar a la mujer amada. Me pregunto qué dirían grandes creadores de guerras como Agamenón o Pompeyo si vieran en lo que se ha convertido su oficio. Me pregunto qué opinarían de las grandes potencias del norte, que entre sonrisas y apretones de manos resuelven sus conflictos en ese inmenso y ajado tablero del Risk en que se ha convertido África:
"En realidad, ni el Gobierno de EE UU ni los de la Unión Europea mostraron una voluntad política real para acabar con el conflicto en detrimento de sus intereses particulares. Más bien al contrario : muchos países occidentales siguieron ayudando a Uganda y Ruanda tanto militarmente como a través de cuantiosas ‘ayudas al desarrollo’. Por ejemplo, la agencia de ayuda británica (DFID) anunció en septiembre del año 2000 un préstamo de 95 millones de dólares sobre un periodo de tres años para ayudar al Gobierno ruandés. Resulta paradójico y difícil de comprender cómo era necesaria una ayuda a países que poseían los suficientes recursos para invadir a su vecino. En este sentido, informes publicados por la ONU en abril de 2001 estimaban que el gasto militar de Ruanda en municiones, abastecimiento y vuelos de su Ejército en el Congo rondaba los 60 millones de dólares al año, mientras otros informes también publicados por la ONU y por comisiones independientes estimaban que en el año 2000 Ruanda había ganado 40 millones de dólares por diamantes, 15 millones por el oro y 191 millones por el coltán, todos extraídos en suelo congoleño. Uganda habría ganado en sus zonas bajo control 1,8 millones por diamantes, 105 millones por el oro y 6,2 millones por el coltán.
Ruanda y Uganda no sólo se beneficiaron durante el periodo de guerra de la ayuda de los países donantes, sino que parte de sus deudas externas fue cancelada y además fueron considerados como modelos de desarrollo económico." (El artículo completo puede encontrarse aquí).
Grande es el desconocimiento del coltán y todo lo que a su alrededor ha movido hasta ahora: guerra, esclavitud, millones de muertos y el silencio sepulcral de las grandes compañías del sector tecnológico para no ver empañada su imagen de modernidad, seguridad y progreso. Y la vergüenza de servidor de ustedes de estar escribiendo esta entrada en un ordenador cuyo corazón late rebosante de salud gracias al coltán que reside en su interior.
P.D.: Para más información, consultar en la Red y en el libro Coltan de Alberto Vázquez-Figueroa.
1 comentarios:
Bravo Yován, me encanta tu blog!! Impresionante este artículo, no tenía ni idea. A tus pies mis respetos :)
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