
He sido invisible, y lo he sido durante largos meses. Muchos podrán pensar que se debe a una ausencia de ideas, o a un estado anímico inestable, a desidia, a pereza, o a la chulería propia de aquellos que pretenden hacerse de rogar; puede que no sea por ninguna de esas razones, o puede que sea por una equilibrada combinación de todas ellas: por definición soy inestable, perezoso y bastante chulo.
Sea como fuere, por el motivo que fuere, vuelvo a este espacio tan serenamente como cuando lo abandoné, lo cual no es positivo, pues todo el mundo sabe que, cuanto menos sereno y más borracho esté uno, mejores y más ácidas surgen las palabras. Pero ya sea como la mar en calma chicha o como una largamente latente tempestad vuelvo a ser visible.
Y es que, a pesar de poseer visibilidad física (porque, para todos los que no se hayan percatado, todo lo que da sombra se puede ver) hay muchas maneras de ser invisible ante los demás: cuando no nos ven (y dejemos la ceguera a un lado), cuando nos ven pero preferirían no habernos visto o cuando nos ven pero habría sido mejor que no lo hubieran hecho.
En cuanto a esta última consideración podemos extraer muchos ejemplos que no nos son tan ajenos como podría parecernos. Diariamente hay personas a las que no queremos ver, a las que no podemos ni ver, y las que hacemos sufrir con solo mirarlas. Hace poco un amigo reciente (que no por reciente menos estimado) me contaba la historia, no tan diferente a otras tantas, de una mujer que tras un penoso proceso (entiéndase por la cantidad de penurias sufridas) mental y físico consiguió despertarse un día como lo que siempre tuvo que haber sido: llamándose Lola.
La realidad de Lola no es tan diferente del de muchas otras mujeres transexuales a las que nosotros, la sociedad occidental moderna, no comprendemos. Y por tradición lo incomprensible se torna temible, y lo que nos da miedo nos produce rechazo, y si tienen suerte el rechazo hace que las ignoremos, y lo que ignoramos no es foco de nuestra comprensión. Pero si no hay tanta suerte nos damos sutiles (aunque no bien disimulados) codazos unos a otros en pos de jactancia y el chascarrillo fácil.
Pero esto mismo lo podemos trasladar a otros tipos de tradicional invisibilidad que provoca rechazo, ignorancia, incomprensión.
Y es que los prototipos de transexualidad (mujer exuberante que escatima más en ropa que en encantos) o de lesbianismo (personalmente sigo sin conocer a una lesbiana que conduzca camiones en la A-6) tienen tanto de realidad como de mito y mala baba. Así pues, no puedo por menos que dedicarnos a todos esta canción:
Pero ¿por qué no he hablado de los hombres transexuales? ¿Es que acaso su transexualidad es más aceptada por todos nosotros? ¿Acaso se oye decir de ellos lo mismo que de los gays: "Yo tengo muchísimos amigos transexuales"? Pues no queridos (y queridas, Bibiana Aído, y queridas). ¿No será quizá que los hombres transexuales han escalado posiciones implícitamente en la sociedad? ¿No será que nadie habla de ellos porque los hombres no tienen que dar explicaciones de sus actos? ¿No se deberá acaso a que Las Mujeres son las verdaderas visibles invisibles?



