jueves 5 de noviembre de 2009

De la visible invisibilidad



He sido invisible, y lo he sido durante largos meses. Muchos podrán pensar que se debe a una ausencia de ideas, o a un estado anímico inestable, a desidia, a pereza, o a la chulería propia de aquellos que pretenden hacerse de rogar; puede que no sea por ninguna de esas razones, o puede que sea por una equilibrada combinación de todas ellas: por definición soy inestable, perezoso y bastante chulo.


Sea como fuere, por el motivo que fuere, vuelvo a este espacio tan serenamente como cuando lo abandoné, lo cual no es positivo, pues todo el mundo sabe que, cuanto menos sereno y más borracho esté uno, mejores y más ácidas surgen las palabras. Pero ya sea como la mar en calma chicha o como una largamente latente tempestad vuelvo a ser visible.


Y es que, a pesar de poseer visibilidad física (porque, para todos los que no se hayan percatado, todo lo que da sombra se puede ver) hay muchas maneras de ser invisible ante los demás: cuando no nos ven (y dejemos la ceguera a un lado), cuando nos ven pero preferirían no habernos visto o cuando nos ven pero habría sido mejor que no lo hubieran hecho.


En cuanto a esta última consideración podemos extraer muchos ejemplos que no nos son tan ajenos como podría parecernos. Diariamente hay personas a las que no queremos ver, a las que no podemos ni ver, y las que hacemos sufrir con solo mirarlas. Hace poco un amigo reciente (que no por reciente menos estimado) me contaba la historia, no tan diferente a otras tantas, de una mujer que tras un penoso proceso (entiéndase por la cantidad de penurias sufridas) mental y físico consiguió despertarse un día como lo que siempre tuvo que haber sido: llamándose Lola.


La realidad de Lola no es tan diferente del de muchas otras mujeres transexuales a las que nosotros, la sociedad occidental moderna, no comprendemos. Y por tradición lo incomprensible se torna temible, y lo que nos da miedo nos produce rechazo, y si tienen suerte el rechazo hace que las ignoremos, y lo que ignoramos no es foco de nuestra comprensión. Pero si no hay tanta suerte nos damos sutiles (aunque no bien disimulados) codazos unos a otros en pos de jactancia y el chascarrillo fácil.
Pero esto mismo lo podemos trasladar a otros tipos de tradicional invisibilidad que provoca rechazo, ignorancia, incomprensión.


Y es que los prototipos de transexualidad (mujer exuberante que escatima más en ropa que en encantos) o de lesbianismo (personalmente sigo sin conocer a una lesbiana que conduzca camiones en la A-6) tienen tanto de realidad como de mito y mala baba. Así pues, no puedo por menos que dedicarnos a todos esta canción:





Pero ¿por qué no he hablado de los hombres transexuales? ¿Es que acaso su transexualidad es más aceptada por todos nosotros? ¿Acaso se oye decir de ellos lo mismo que de los gays: "Yo tengo muchísimos amigos transexuales"? Pues no queridos (y queridas, Bibiana Aído, y queridas). ¿No será quizá que los hombres transexuales han escalado posiciones implícitamente en la sociedad? ¿No será que nadie habla de ellos porque los hombres no tienen que dar explicaciones de sus actos? ¿No se deberá acaso a que Las Mujeres son las verdaderas visibles invisibles?

domingo 15 de marzo de 2009

Jugando a vivir



Un tema frecuente y recurrente en una cena o en una reunión con amigos es el de la infancia. Series de televisión, anuncios, películas, canciones, melodías, o juegos son rememorados con añoranza y una pizca de nostalgia por aquellos maravillosos años en los que la mayor de las preocupaciones podía ser tratar de no perder todas las canicas en la siguiente partida o intentar conseguir ese maldito cromo que parecía no existir y que quizá solo una élite escogida tendría.



Lo cierto es que nuestra infancia transcurrió, en su mayor parte, entre juegos; el único límite era nuestra imaginación. Y esa era prácticamente infinita. Jugábamos a ser grandes héroes que salvaban al mundo, a ser exploradores que descubrían grandes tesoros olvidados en el tiempo, a ser generales cuyos poderosos ejércitos conquistaban países, continentes y planetas enteros al grito de ¡Al ataque, mis valientes!. Teníamos lecturas tan inocentes e instructivas como Fray Perico y su borrico, El Pirata Garrapata, Mortadelo y Filemón, Asterix y Obelix o PlayBoy (por sus interesantísimos reportajes y entrevistas, claro).



Inventábamos un mundo basado en la inocencia, la imaginación, la justicia y el compañerismo. Incansables, día tras día, creábamos un mundo nuevo y adoptábamos distintos roles en él. Y reíamos. Y soñábamos. Y éramos felices.





Jugábamos a ser cosas que no éramos y que queríamos ser. Casi como si fuéramos adultos, pero sin querer serlo: los mayores eran aburridos. Pero al parecer, en estos tiempos que corren, no se piensa igual y los niños de hoy ya no quieren jugar a ser mayores; quieren serlo antes de tiempo. Antes las niñas jugaban a los papás y las mamás con sus Nenucos; los alimentaban, les cambiaban la ropita e incluso los reñían por portarse mal. Pero ahora es todo distinto; hay niños que han sustituido los Nenucos y los Playmobil por bebés de verdad, de esos que lloran porque tienen hambre y que huelen mal.



De todos son conocidos los casos de madres menores de 15 años en Jaén o la pareja de niños de 13 años él y 15 años ella que tuvieron un retoño en Inglaterra.



Y yo no puedo dejar de preguntarme cómo es posible, que en hoy en día se permita tal atrocidad y tal atentado a los derechos de los niños; y no me refiero a los derechos de un niño de 13 años que deje a una de 15 embarazada, porque ese, en su clase debe de ser considerado un héroe, un machote o algo similar. Me refiero a los derechos de ese recién nacido que debería de poder recibir de sus padres una educación fundamentada en la madurez y la experiencia que proporciona la vida; pero lo que aquí tenemos son dos niños que ni siquiera tienen pelo en las axilas (por ser fino, que estamos en horario infantil) y que han saltado de la cuna al lecho matrimonial de un salto. A mí que me expliquen qué puede contarle un niño de 13 años a su hijo acerca de la vida si difícilmente sabe atarser los cordones de los zapatos. Pero lo que realmente me preocupa son esos abuelos que supongo henchidos de orgullo y satisfacción de tener un nietecito. ¿Qué clase de padres son aquellos que permiten que un crío que no levanta un palmo del suelo decida perpetuar la especie con sus recién nacidos espermatozoides?



No seré yo quien critique las prácticas de la Iglesia Evangelista y otros colectivos ultracatólicos similares, porque luego las malas lenguas me tachan de ateo y descreído. Pero no se puede obviar el hecho de que en el seno de estas comunidades los hijos se tienen cuando se conciben, ya sea a los 17, los 14 o los 11; está mal visto eso de tener 25 años y no tener un equipo de baloncesto en miniatura en propiedad.



Así pues, aunque las niñas ya no quieran ser princesas, y a los niños les dé por perseguir el mar dentro de un vaso de ginebra, no perdamos de vista nuestra propia infancia. Cojamos nuestras canicas, nuestros cromos y nuestros Nenucos y volvamos a repoblar esos parques que nos fueron arrebatados por adultos de 15 años.

lunes 23 de febrero de 2009

Luces y sombras


Hoy en día nada hay seguro en nuestras vidas. Aquello que nos parece cristalino y trivial se nos hace, de la noche al día, oscuro y enmarañado.


Vivimos tiempos de oscurantismo, tiempos en los que se extiende una ciega neblina que no nos permite ver más allá de lo que pisan nuestras botas. Intentamos tantear con las manos las sombras de obstáculos que alguien colocó justo ahí para hacernos tropezar y así dar con nuestros huesos en la tierra. Solo podemos ver nuestras manos. Solo podemos oir el crujir de la grava bajo nuestras suelas y, de vez en cuando, nuestra acelerada respiración. En vano tratamos de afinar nuestros sentidos del oído y del olfato para intentar captar cualquier sonido u olor; si nos son familiares correremos hacia ellos en busca de una protección y seguridad que añoramos. Si son desconocidas, seguiremos nuestro camino de grava y niebla.


De vez en cuando, a nuestro alrededor, nos parece intuir borrosas figuras que, en nuestra imaginación, se convierten en nuestras réplicas: seres solitarios y cargados de emociones que buscan sin descanso el final de su arduo camino; personas como nosotros que, perdidas y confusas, tantean la espesura del aire por si hallan algo a lo que poder aferrarse momentáneamente y así descansar su cuerpo dolorido del largo viaje; y descansar su alma, agitada por no vislumbrar ninguna luz, ningún claro, ningún camino.


E intentamos acercarnos a esas figuras. Intentamos gritarles que no están solos. Que nosotros estamos ahí, y que nos encontramos en su misma situación. Que comprendemos su dolor, porque su dolor es nuestro dolor. Que comprendemos su inquietud, porque también es la nuestra. Que estamos tan confusos y confundidos como ellos. Que no están solos. Que no estamos solos.


Pero las figuras desaparecen. Y con ellas se vuelven a diluir nuestras esperanzas y nos enjugamos una lágrima con la siguiente a la espera de que se nos agoten y que nuestros ojos se sequen para siempre. Y, agónicos, comenzamos a caminar de nuevo, tanteando la niebla, escuchando la grava bajo nuestros pies. De nuevo nuestra mirada se enturbia de soledad y malos sueños.




Pero un día comenzamos a ver más allá de lo que lo hacíamos al principio. Las formas se nos hacen más claras, más visibles. Sus colores más vivos. Nos percatamos de que la niebla desaparece. De que podemos ver nuestras manos. De que podemos ver otras manos, manos que nos estrechan las nuestras. Y ese contacto nos hace sentir de nuevo vivos, de nuevo libres. Y nuestras lágrimas se enjugan con las manos de los que nos rodean y las suyas con nuestras manos. Porque nos hemos unido por fin tras un largo viaje.


Y por fin comprendemos que habíamos cogido, casi sin darnos cuenta, uno de los caminos más angostos, largos y arduos: Camino de la Incertidumbre. El camino que no nos permite ver, ni oir, ni tocar, ni sentir, que no nos permite pensar. Un camino agitado que creemos sin fin, en el que las horas parecen semanas y las semanas, lustros. Un camino a ninguna parte donde la soledad es el mapa y el miedo es el guía.


Pero todos los caminos llegan a su fin. Y el de este es una amplia ciudad de luces donde el sol brilla con toda su intensidad y, a través de la cual, podemos dislumbrar todos los futuros caminos que podemos escoger y a todos los demás caminantes que por ellos transitan.


Estamos hechos de nuestras experiencias y nuestras decisiones. Pero también de parte de los que nos acompañan en nuestra ruta. No siempre podemos decidir por dónde queremos andar, pero no hemos de dejar que senderos tortuosos minen nuestra voluntad. Férreas han de ser nuestras convicciones y esperanzas, porque de ellas nos alimentamos y de ellas se alimenta el mundo que nos rodea.


Porque ya lo dijo el poeta: Caminante, no hay camino; se hace camino al andar.

sábado 10 de enero de 2009

Reconstrucciones


Berlín es la ciudad. Ejemplo de lucha y autosuperación, Berlín se ha convertido por méritos propios en la capital europea por excelencia; su arquitectura, su modernidad o su afán de superación constante la converten en ciudad de excepción.


Desde que la ciudad cayera en manos de los llamados aliados ha sufrido una transformación faraónica. Se transformaron sus calles, llenas de escombros, escoltadas por edificios muertos cuyas heridas abiertas se presentaban ante los ojos de propios y extraños como la imborrable secuela de una guerra que desoló a Europa y al mundo. Se transformaron también sus gentes, llenas también de heridas invisibles aunque no por ello menos dolorosas. Así nos lo refleja Roberto Rossellini en su película Alemania Año Cero:



Pero si la Segunda Guerra Mundial tuvo una consecuencia abominable, esta fue la Solución Final. Millones de judíos encerrados y asesinados por el antisemitismo nazi. Pero el Holocausto no solo dejó un largo rastro de víctimas; también dejó héroes. Uno de esos héroes es español y pasó totalmente desapercibido durante décadas, llegando incluso a atribuirse todos sus logros a otro hombre; aunque hay que dejar constancia de que su anonimato fue totalmente voluntario. Ese hombre era Ángel Sanz-Briz.


Este gran desconocido fue un relevante diplomático español nacido en Zaragoza que en 1942 se convirtió en Encargado de Negocios en la embajada española en Hungría. Pero no fue hasta 1944 que Alemania ocupara el país, poniendo inmediatamente en marcha su maquinaria exterminadora contra la comunidad judía húngara, aproximadamente 750.000 personas. Esta situación provocó una profunda preocupación en Sanz-Briz que rápidamente comenzó a idear una forma de ayudar a los judíos húngaros junto con otros valientes como Monseñor Rotta, que ya en Sofía había emitido certificados falsos de bautismo.


Así, nuestro aguerrido diplomático se valió de un decreto de Primo de Rivera por el que cualquier judío serfardí podía obtener documentación española. Pero la comunidad sefardí era demasiado escasa, con lo que Sanz-Briz ayudado por el personal de la embajada tomó la decisión de serializar los apenas dos centeneres de números de pasaporte que había obtenido del Ministerio del Interior húngaro. Con estas series podía proporcionar un mismo pasaporte a familias enteras salvándolas así del desastre. Se estima que Ángel Sanz-Briz consiguió salvar a 5.200 personas de las garras nazis, a muchas de las cuales sacaba prácticamente en marcha de los trenes que se dirigían a Auschwitz. Mientras se tramitaban sus salvoconductos (los Schutzbriefe) por las autoridades húngaras, Sanz-Briz les albergó en once casas alquiladas a tal efecto, donde se les procuró comida, techo y atención médica. Para mantener alejados a los alemanes, dichas casas figuraban como "anexo a la legación española".


Tras la orden del gobierno español de que saliera inmediatamente del país ante la inminente entrada del Ejército Rojo en Budapest, dejó su legado en manos del italiano Giorgio Perlasca, ex-combatiente en la Guerra Civil española. La discreción y el extraordinario sentido del deber de Sanz-Briz hicieron que fuera Perlasca el que recibiera durante décadas todos los honores. El único reconocimiento que el diplomático español deseaba era la satisfacción personal de haber hecho una buena obra. El propio Sanz-Briz relató las circunstancias mediante las cuales pudo salvar la vida de tantos judíos a Federico Ysart, el cual lo plasmó en su libro Los judíos en España (1973). Su fallecimiento tuvo lugar en Roma en 1980, desempeñando su labor como Embajador de España ante la Santa Sede.


En 1991, el Museo del Holocausto Yad Vashem de Israel distinguió su acción otorgándole el título de Justo entre las Naciones, inscribiendo su nombre en el memorial del Holocausto. En 1994 el gobierno húngaro le concedió a título póstumo la Cruz de la Orden del Mérito de la República Húngara. Fue el primer diplomático español que apareció en un sello de correos de España.


Al igual que Rossellini nos reconstruía visualmente una ciudad de Berlín derrotada luchando por renacer, Sanz-Briz reconstruyó la cordura, la dignidad y la esperanza en un tiempo oscuro, un tiempo de negro esvástica.

jueves 25 de diciembre de 2008

Saca la bota María...


Por allí se oye, por allí se escucha. Es la Navidad, que con sus enormes botas camina sobre un tupido manto invernal.


Es tiempo de felicidad, de dicha, de paz; es tiempo de familia y amigos; es tiempo de echar la vista atrás y hacer balance anual de nuestros logros, nuestras pérdidas (que entre Lehman Brothers y Madoff no ganamos para disgustos, oigan) y de proponernos retos nuevos. Renovarse o morir.


Hay aún ciertos románticos que siguen creyendo que la Navidad es la celebración de que el Niño Dios ha nacido en la Tierra de los hombres para salvar nuestra alma y redimir todos los pecados. Pero seamos realistas, la Navidad, como supuestamente el Estado, ya es laica. Poca es la gente que vive estas fechas por su significado espiritual y religioso; solo ven la cara más comercial, consumista, superficial y decadente. Y es que la decadencia nos va.
La gente anda más preocupada en comprar las gulas Pescanova (que la cosa no está para derroches), la sidra y el turrón que en pararse a sentir la calidez de una noche en la que la Paz y la Buena Voluntad imperan sobre todas las cosas. Hemos desvirtuado, entre todos, esta fiesta convirtiéndola en el paradigma del exceso y la superficialidad, por no hablar de las montañas de regalos que piden los niños:



Pero no debemos olvidar su origen religioso y de culto. Según algunos estudios, la Navidad tendría su origen en una tradición babilonia que se remontaría a hace más de 4000 años (por suerte para los babilonios El Corte Inglés no existía todavía). La leyenda contaría que una reina de Babilonia habría dado a luz un bebé sin haber catado varón primero; no sabemos si fue un milagro o la primera reproducción in vitro.


También hay constancias escritas de que el todopoderoso Imperio Romano celebraba su particular Navidad: eran las Saturnales. Cada mes de diciembre, cerca del solsticio de invierno, se celebraba la irrupción de Saturno, dios agrícola y señor del Universo, en el mundo terrenal. Esta divinidad tenía su propio templo en la ciudad de Roma y albergaba nada menos que el Tesoro Público (tonto no era el chaval). Según el calendario de Rómulo un embarazo duraba unos diez meses, y el décimo mes del calendario era decembris, mes en el que tras la espera de una simbólica gestación, Saturno era devuelto al mundo, ya que durante ese periodo de tiempo un cordón de lana atado al pedestal del dios en su templo impedía que este se marchase de la capital del mundo; durante el tiempo que duraba esta fiesta, ese cordón era desatado. Durante las celebraciones era típico que los romanos visitasen las casas de sus amigos y familiares e intercambiaran regalos; más tarde le dejarían esa dura tarea a los Reyes Magos (y un señor de Coca Cola apuntándome con un rifle me dice amablemente que no olvide nombrar a Papá Noel).


Y así, con estas y otras leyendas y cultos a lo largo de los siglos nos llega nuestra Navidad con sus villancicos, sus zambombas (a quién no le gusta una buena zambomba) y sus tradiciones: Cortylandia, el Gordo de la Lotería o el Rey como líder de audiencias indiscutible. Y es que ahí no vale de nada hacer zapping, a diferencia de Inglaterra donde un canal quería ofrecer el discurso del presidente de Irán en vez del de esa señora que lleva la corona. Yo, desde aquí, propongo que el año que viene retransmitan un discurso alternativo pronunciado por Po Zí y que Carmen de Mairena nos cuente las campanadas; además, probablemente ella podrá sustituir las uvas por manzanas con esa boquita de piñón que tiene, lo que le daría un toque muy exótico a todo.


Pero la Navidad es también tiempo de ausencias; las ausencias de todas esas personas que compartieron con nosotros otras fiestas, otros villancicos, que nos hicieron regalos, pero que ante todo nos regalaron siempre su cariño, su sonrisa y sus más tiernos abrazos. Y aunque nos cueste, aunque las lágrimas llenen los ríos de los que beben los peces que van a ver a Dios nacido, reconfortémonos pensando en todos esos buenos momentos que pasamos y sigamos su ejemplo regalando nuestro cariño, nuestra sonrisa y nuestros abrazos a los que siguen a nuestro lado.


Seamos todos felices en esta Feliz Navidad.